El Maestro

En las bellas tardes del verano ardiente,
cuando el sol apaga sus rayos de juego,
por la callejuela que va al camposanto
he visto que pasa mi viejo maestro.
Lo agobian los años que en lucha fructífera
a formar conciencias dedicó impertérrito;
sus blancos cabellos son haz de experiencia,
su arrugada frente es nidal de ensueños.
Su trémulo paso fatigas denuncia;
su voz es apenas un vago remedo
de la voz robusta, sugestiva y grave
que gastó enseñando del deber lo excelso.
En frases dolientes musita sus quejas,
sus quejas sentidas, sin hiel ni veneno.
Las .gentes lo miran, lo tratan de loco
y en vez de cariños le ofrendan desprecios.
Jamás del maestro las iras se muestran;
nos da la enseñanza del último ejemplo.
Si acaso lo hieren, soporta el ultraje
con honda tristeza y amargo silencio.
Así envejecido, así doblegado,
de piedad henchido, de virtudes lleno,
sigue predicando las santas doctrinas
del manso y del dulce Jesús Nazareno.

Así va el maestro que ofrendó su vida
a las juventudes, con amor sincero.
Su vejez decoran las canas dolientes
que nimban su trente de paz y misterio.