La opinión

Apolillado y polvoriento yacía el viejo pergamino, en anticuado
anaquel, sin merecer el honor de ser leído, porque
su ruinoso aspecto no era halagüeña recomendación. El
azar hizo que, en hora no soñada, ese antiguo documento
viniese a mis manos y, la curiosidad me impulsó a deletrear
sus desteñidas páginas, donde leí la sabia relación
que, aunque no completa, en seguida copio:
“Por pedregoso y áspero sendero trajinaba un anciano de
melancólico mirar y amargo sonreír. El anciano iba a pie
y, a muy poca distancia, lo seguía, caballero en un asno,
un muchacho robusto y ágil, de mirar atrevido y audaces
movimientos.
Dialogaban animadamente los viajeros, cuando, a la orilla
de bullicioso riachuelo, unos campesinos que allí descansaban
de sus rudas faenas, viendo al anciano y a su hijo,
se burlaron de ellos con ruidosa carcajada, a la vez que
decían:
-Viejo bruto. Ya no puedes con la enorme joroba de la espalda
y ¿aún no tienes experiencia? Mira, ese mozo que
monta en el burro, es muy fuerte y, bien puede soportar
calor mientras camina. Bájalo y móntate. Si así no lo haces,
no transmontarás la serranía. Anda, estúpido, monta.
El anciano aceptó el consejo. Montó en el asno y, ordenó
al joven que lo siguiera a pie.
El ambiente era un horno. Ni un árbol ofrecía sombra bienhechora,
a la vera del sendero. Unos arrieros que dejaban
pastar su recua, mientras tendían sus toldas, al ver pasar