– Sí, mi don Ramoncito, la verdá, purita y desnuda es esa.
Yo no me he sacao ese entierro diallá de mi finca, mesmamente
onde son los asientos del finao Luaiza, tan sólo
porque no he lograo conseguime un indio muchachón y
fresco, que ha de ser indio puro, que no haiga pasao de
los veintiún años y que no sea casao, ni haiga tenío hijos.
“Conseguilo así es trabajoso; pero ya casito que me salgo
de apuros, porque en estos días recebí una letra diun
güen amigo que tengo puallá, pa los laos del Tolima, pidiéndome
plata, pa mandame un zambo que, me cuenta
questá pintiparao, pa lo que yo lo necesito. Hoy mesmo
despaché, puel correo, la plata pedida y creo quen la
semana dentrante yastará aquí mi indio, pa yo salir de
probe; porque lo ques ese guardao me lo saco de toítas
cuentas.
“La gran vaina es quel indicito me va llegar en malhora;
porque tamos en creciente yabrá quesperar a la menguante,
porque la luna es una grandísima condenaa, que
se tira toítas esas prebas. ¿Vusté no sabía eso, mi don
Ramoncito?
– Nada, mi don Chepe. Yo nada entiendo de esos asuntos
de brujerías, – contesté a mi amable y simpático visitante
-. Sí, mi amigo, en esos asuntos de hechicería soy absolutamente
lego, es decir, ignorante; por eso tengo que
pedir explicaciones.