Cuando sonaron las doce, comenzaron a dejarse oír lamentos al pie de las ventanas de la casa de don Joaquín Moreno, tal era el nombre del anciano de nuestra historia, lamentos que llenaban el alma de tristeza y que obligaron a las hijas del buen senor a asomarse a las ventanas y preguntar que ocurría.
Una voz casi imperceptible respondio a su demanda:
– Soy una infeliz que agoniza sin tener dónde pasar la noche, y me muero de hambre y de frio.
– Cómo. ¿es usted extranjera?
-No, mi señorita.
-Entonces ¿dónde vivía usted?
– Por allá en el Llano, donde unas señoras que me arrojaron de su casa, porque ya no podía prestarles el servicio para que me habían destinado.
– ¿Y que tiene?
– Uno de esos males que solo pueden sufrir las mujeres.
– Espere usted un momento, dijo la joven entrándose para consultar con sus hermanas, que ya dormían.
Llegó a una alcoba y dijo:
Rita, hay en la calle una pobre mujer muriéndose, ¿quieres que la hagamos entrar?
-Sí, dijo la joven, levantándose, vamos a hablar con Mariana.
Las dos hermanas entraron al cuartito donde dormía la niña mimada de todos, y sin preámbulos le dijeron el objeto de su visita a tales horas.
-Eso nunca -respondió Mariana-, papá no está en casa y, sin su consentimiento, a nadie debe abrirse la puerta de esta casa durante la noche.
– ¿Pero no has oído los tristes lamentos de esa infeliz?
-Sí que los he oído, pero eso no importa: la caridad no siempre se debe de justicia.
-Mira Mariana, que el caso de esa desgraciada es gravísimo, en el mundo estamos y, ¿quién sabe si algún día nos puede ocurrir a nosotras otro tanto?
-Nada, no consiento con esa locura.
-Pues le abriremos aunque tú no quieras.
– Hagan lo que quieran pero conste que no tomo cartas en el asunto.
-Ya sabemos que no tienes caridad, pero papá sabrá disculpamos.
Dicho esto, salieron a abrir el portón.