Capitulo I – El hospedaje

Hecha esta inspección, subió con sigilo al cuarto donde
estaban Elvira y Rita y quiso despertarlas, pero le fue
imposible, pues al moverlas comenzaban a hablar como
locas; creyendo que estaban envenenadas, llamó a las
criadas y lloró desesperadamente.
En este momento oyó que llamaban a la puerta y con impavidez
y sangre fría se asomó a uno de los balcones.
-Señorita, -le dijeron-, sírvase usted entregarme un puñal
y una mano de muerto que se me san quedado en su
dormitorio.
-Es demasiado descaro, -respondió la joven-, pero como
no quiero apropiarme los instrumentos de infame crimen
que has intentado cometer llega al portón y te entregaré
lo que pides.
El hombre obedeció, la joven abrió el buzón y cuando el
bandido introdujo la mano, ella descargó con afilado cuchillo,
terrible golpe quedando la mano desprendida del
brazo y cayendo a los pies de la abnegada joven la mano
que intentara arrojarla a la miseria y tal vez llenar de baldón
toda una familia honorable por mil títulos.
Afuera se oyó un rugido semejante al que lanza la fiera al
sentirse herida:
-Me vengaré, me vengaré, lo juro por quien soy.
Mariana recogió la mano, la guardó con supersticioso
cuidado, junto con la que olvidara el ladrón y con el puñal
destinado tal vez para ultimar a sus hermanas, y después
se dedicó a los múltiples cuidados que la situación de
las enfermas demandaba, hasta convencerse de que en
realidad nada grave les había ocurrido. Entonces volvió a
su lecho y trató en vano de conciliar el sueño.

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