Extiende luminosa la tarde sus pendones,
ocaso está de fiesta, derrocha luz el sol,
de vaporosas nubes fugaces escuadrones
enredan en los cielos los diáfanos crespones
del último arrebol.
Espléndida es la tarde de galas revestida,
magnífico el paisaje de pompa vesperal,
cantando están las aves las trovas de la vida
y va la fuente pura rimando conmovida
Su canto sin rival.
Al pié de una colina, sobre la fresca grama,
cabe el frondoso palio de cedro secular,
Jesús, el Nazareno, el de la voz que inflama,
la miel de sus doctrinas magnífico derrama
con sabio razonar.
Escuchan los discípulos la prédica divina
y sienten en sus pechos arder la devoción,
en tanto que se acerca la gente campesina
y ante el profeta joven que su atención domina
doblega el corazón.
Jamás de labio alguno brotaron enseñanzas
tan llenas de ternura, de caridad y amor;
en el Sermón del Monte las Bienaventuranzas
trocaron los martirios en vivas esperanzas
de porvenir mejor.
La Máquina
Yo no hago versos, hermano,
dejo correr las palabras,
sin quererlo, sin pensarlo,
como me lo dicta el alma.
Si lo que digo son versos
la cosa se pone rara,
porque buscando no puedo
encontrar dos consonancias.
Yo jamás he pretendido
buscar del ritmo la gracia.
Nunca me gasto artificio,
ni me someto a gramáticas.
Si por acaso las frases
suelen quedarme rimadas,
la culpa toda le cabe
a esta maldita máquina.
Sí, señor, la culpa toda
tiene que ser de la máquina,
esta máquina burlona
que aprovecha mi ignorancia.
Es seguro que esta vieja
máquina desbaratada
aprendió de algún poeta
a rimar en forma rara.
Me la vendieron, seguro,
por tener tan torpe tacha
y me pone en mil aprietos
ensartando consonancias.
Mis versos, mi buen hermano,
son trabajo de la máquina,
este mueble ya enviciado
a rimar sin son ni gracia.
Dios
Querer vivir sin Dios es un absurdo,
es de las ignorancias la más crasa,
porque es imaginar que la materia
al pensamiento puede prestar alas.
De Dios el gran poder fulge en los astros
que los cielos alumbran y engalanan,
en las nubes que pueblan los espacios
y en los cambiantes tintes de las albas.
Musitando de Dios el santo nombre
el vendaval furente se desata,
la fuente se desliza rumorosa,
atruena con furor la catarata.
En el lienzo infinito de los cielos
fulge del Dios Eterno la mirada,
cuando el rayo sacude los espacios,
hondo pavor sembrando en nuestras almas.
Encontramos a Dios en todas partes,
en la luz, en las sombras, en las auras
en la policromía de las flores
y en el verdor risueño de las plantas.
Es Dios del infinito el amo y dueño
y, de la inmensidad las lindes marca.
Dios no tiene pasado ni futuro
porque la eternidad es su morada.
El Maestro
En las bellas tardes del verano ardiente,
cuando el sol apaga sus rayos de juego,
por la callejuela que va al camposanto
he visto que pasa mi viejo maestro.
Lo agobian los años que en lucha fructífera
a formar conciencias dedicó impertérrito;
sus blancos cabellos son haz de experiencia,
su arrugada frente es nidal de ensueños.
Su trémulo paso fatigas denuncia;
su voz es apenas un vago remedo
de la voz robusta, sugestiva y grave
que gastó enseñando del deber lo excelso.
En frases dolientes musita sus quejas,
sus quejas sentidas, sin hiel ni veneno.
Las .gentes lo miran, lo tratan de loco
y en vez de cariños le ofrendan desprecios.
Jamás del maestro las iras se muestran;
nos da la enseñanza del último ejemplo.
Si acaso lo hieren, soporta el ultraje
con honda tristeza y amargo silencio.
Así envejecido, así doblegado,
de piedad henchido, de virtudes lleno,
sigue predicando las santas doctrinas
del manso y del dulce Jesús Nazareno.
Así va el maestro que ofrendó su vida
a las juventudes, con amor sincero.
Su vejez decoran las canas dolientes
que nimban su trente de paz y misterio.
Conciencia
Si la suerte contraria por su cuenta
hace de tu vivir algo funesto,
a luchar con valor muéstrate presto,
desafiando el furor de la tormenta.
Solo hacia la verdad tu afán orienta,
en lidia por lo justo y por lo honesto,
porque quien a luchar vive dispuesto
su propio bienestar labra y fomenta.
Hazte digno de toda independencia,
conquistando oportuna nombradía,
al amparo severo de la ciencia.
Adquiere por tu obrar la jerarquía
que los puros y rectos de conciencia
se ganan trabajando noche y día.
Bolívar
Un sabio providente cruzó la mar bravía,
arrebató al arcano la tierra americana
y todos sus tesoros del mundo maravilla
depositó a las plantas de la gloriosa España.
Las gentes españolas que tienen de Quijote
la locura sublime, la fe y la constancia,
trajeron a estas tierras sus lares triunfadores
y en breve dominaron del Indio la pujanza.
La Patria de Cervantes nos dió armoniosa lengua
y modeló a su imagen de nuestro pueblo el alma;
nos dió su valentía, sus usos y sus ciencias,
con todas las virtudes de las latinas razas.
Por eso, cuando un día el yugo fue oprobioso
y libertad ya quiso la grey americana,
de rebelión el grito lanzaron orgullosos
los nietos más ilustres de la nobleza hispana.
El Precursor Nariño, varón de estirpe egregia,
Los Derechos del Hombre con gran valor proclama,
y entonan de los libres la santa Marsellesa
mil sabios como Torres, como Acevedo y Caldas.
Los hombres más ilustres, los ricos, los letrados,
por ser libres la vida gozosos ofrendaban.
De fieros luchadores pobláronse los campos,
al mágico conjuro de la naciente Patria.
A Don Quijote
I
Andante caballero de alma pura,
ilust.re soñador inigualado,
requiere tu lanzón, jamás mellado,
y toma presuroso tu armadura.
Malsines y follones en conjura
.contra todo lo noble se han alzado
y tienen al honor crucificado
.en el rudo peñón de la impostura.
Las gentes de prestancia y de valía
necesitan tu amparo justiciero,
¡oh maestro y señor de la hidalguía!
Despoja de palurdos el sendero
y fustiga la sucia villanía
del yangüés, del menguado y del pechero.
II
Los que aman, noble loco, tu locura,
acarician la plácida esperanza
de verte resurgir en lontananza,
sembrando a los perversos de pavura.
Nos humilla la negra desventura
de palpar que, tu zafio Sancho Panza,
en los predios sociales siempre alcanza
lo negado a tu genio y tu cultura.
Se adueñaron del mundo los malsines,
que ultrajan, sin pudor, a Dulcinea
y son de todo oprobio paladines.
Retorna, caballero de la idea,
retorna que, entre estultos y entre ruines,
prosiguen los humanos su odisea.
Nota del autor
Escribí la Novela Mariana en el año 1914 y la di a la circulación en el año de 1917 cuando pude hacerla imprimir sin presunciones de ninguna índole ya que bien sé que los noveles escritores difícilmente logran adquirir lectores.
En la Imprenta de la Arquidiócesis de Bogotá, gerenciada entonces por el ilustre Sacerdote Presbítero Dr. Héctor H. Hernández, se editaron diez mil ejemplares los que entregue al público, sin forjarme ilusiones, porque no dejo de comprender que bien pobre es el léxico y que le faltan alas a mi fantasía.
Pero he de declarar satisfecho que, grande fue mi sorpresa, porque que al promediar el año de 1918 ya no me quedaba ni un solo ejemplar de Mariana porque mis amables paisanos y amigos la habían arrebatado a las librerías.
Pensé entonces en dar a luz la segunda edición pero se me presentaron tropiezos insalvables, tropiezos que por fortuna pude superar.
Aquí tienen de nuevo a Mariana mis amables paisanos los colombianos. Ojala la encuentren tan amena y sustantiva como la hallaron mis lectores ahora ocho lustros.
Ramón Franky Galvis.
Cali, Enero de 1959
Introducción
Sin preciarme de veterano en la difícil tarea del buen decir, voy a relataros algo que, en sus buenos días, solía referirnos nuestra abuela: para desempeñar mi cometido, bien poco tendré que añadir o quitar a su narración, porque la historia de «Mariana,» tiene por si sola suficiente atractivo para cautivar la atención de mis bondadosos lectores.
Rudo es mi decir y mi exposición fatigosa, pero no vacilo en pediros benevolencia, porque bien sé que, en muchos casos, no solo los escritores ya consagrados son leídos con entusiasmo, sino que también para los novicios suele haber un poco de favor, como para premiar así los esfuerzos que representa cualquiera producción, y la intención que ella encarna.
Capitulo I – El hospedaje
La ciudad de Cartago, cuna de varios hombres ilustres y residencia de muchas familias honorables, fue en 1862 teatro del suceso novelesco que voy a referir.
En la plazuela de San Francisco, rodeada de arbustos que le dan el aspecto de un risueño bosquesito, se eleva el notable templo que le da nombre, y donde en mejores días celebraban los RR. PP. Franciscanos. Frente al templo, de por medio la plazuela, está la casa donde vivía en los tiempos de mi relato un venerable anciano de luenga barba blanca, cabellos desteñidos por el rápido rodar de los años, propietario de ingentes riquezas, querido con frenesí por sus coterráneos, porque era un espíritu generoso, de aquellos que van sembrando el bien por donde quiera y dejando huella imborrable de su marcha por este mundo efímero y mezquino.
Allí vivía el noble anciano resignado con su suerte, y aunque es verdad que la temprana desaparición de su idolatrada esposa le arrancaba continuas lágrimas, sus amables hijos y sus encantadoras hijas, sabían endulzarle la existencia con cuidados prolijos. Era una noche obscura y borrascosa, los truenos hacían oír su grito horrísono y centenares de relámpagos incendiaban el espacio.
Cartago dormía, mientras su hermoso río, acrecentado por las lluvias, y con furor salvaje, luchaba por violar las purezas de la playa que oponía un dique de arenas a los ímpetus de su enemigo. Era una noche sin semejante, de aquellas que dejan en el alma un no sé qué de extraño y misterioso; en la vetusta torre del templo desgranaba el reloj sus notas melancólicas, y el búho lanzaba a los aires su grito monótono y tristón.