I
Andante caballero de alma pura,
ilust.re soñador inigualado,
requiere tu lanzón, jamás mellado,
y toma presuroso tu armadura.
Malsines y follones en conjura
.contra todo lo noble se han alzado
y tienen al honor crucificado
.en el rudo peñón de la impostura.
Las gentes de prestancia y de valía
necesitan tu amparo justiciero,
¡oh maestro y señor de la hidalguía!
Despoja de palurdos el sendero
y fustiga la sucia villanía
del yangüés, del menguado y del pechero.

II

Los que aman, noble loco, tu locura,
acarician la plácida esperanza
de verte resurgir en lontananza,
sembrando a los perversos de pavura.
Nos humilla la negra desventura
de palpar que, tu zafio Sancho Panza,
en los predios sociales siempre alcanza
lo negado a tu genio y tu cultura.

Se adueñaron del mundo los malsines,
que ultrajan, sin pudor, a Dulcinea
y son de todo oprobio paladines.
Retorna, caballero de la idea,
retorna que, entre estultos y entre ruines,
prosiguen los humanos su odisea.

 

Ramon-Franky-1920Escribí la Novela Mariana en el año 1914 y la di a la circulación en el año de 1917 cuando pude hacerla imprimir sin presunciones de ninguna índole ya que bien sé que los noveles escritores difícilmente logran adquirir lectores.

En la Imprenta de la Arquidiócesis de Bogotá, gerenciada entonces por el ilustre Sacerdote Presbítero Dr. Héctor H. Hernández, se editaron diez mil ejemplares los que entregue al público, sin forjarme ilusiones, porque no dejo de comprender que bien pobre es el léxico y que le faltan alas a mi fantasía.

Pero he de declarar satisfecho que, grande fue mi sorpresa, porque que al promediar el año de 1918 ya no me quedaba ni un solo ejemplar de Mariana porque mis amables paisanos y amigos la habían arrebatado a las librerías.

Pensé entonces en dar a luz la segunda edición pero se me presentaron tropiezos insalvables, tropiezos que por fortuna pude superar.

Aquí tienen de nuevo a Mariana mis amables paisanos los colombianos. Ojala la encuentren tan amena y sustantiva como la hallaron mis lectores ahora ocho lustros.

Ramón Franky Galvis.
Cali, Enero de 1959

Sin preciarme de veterano en la difícil tarea del buen decir, voy a relataros algo que, en sus buenos días, solía referirnos nuestra abuela: para desempeñar mi cometido, bien poco tendré que añadir o quitar a su narración, porque la historia de «Mariana,» tiene por si sola suficiente atractivo para cautivar la atención de mis bondadosos lectores.

Rudo es mi decir y mi exposición fatigosa, pero no vacilo en pediros benevolencia, porque bien sé que, en muchos casos, no solo los escritores ya consagrados son leídos con entusiasmo, sino que también para los novicios suele haber un poco de favor, como para premiar así los esfuerzos que representa cualquiera producción, y la intención que ella encarna.

Comprar en Amazon KindleLa ciudad de Cartago, cuna de varios hombres ilustres y residencia de muchas familias honorables, fue en 1862 teatro del suceso novelesco que voy a referir.
En la plazuela de San Francisco, rodeada de arbustos que le dan el aspecto de un risueño bosquesito, se eleva el notable templo que le da nombre, y donde en mejores días celebraban los RR. PP. Franciscanos. Frente al templo, de por medio la plazuela, está la casa donde vivía en los tiempos de mi relato un venerable anciano de luenga barba blanca, cabellos desteñidos por el rápido rodar de los años, propietario de ingentes riquezas, querido con frenesí por sus coterráneos, porque era un espíritu generoso, de aquellos que van sembrando el bien por donde quiera y dejando huella imborrable de su marcha por este mundo efímero y mezquino.

Allí vivía el noble anciano resignado con su suerte, y aunque es verdad que la temprana desaparición de su idolatrada esposa le arrancaba continuas lágrimas, sus amables hijos y sus encantadoras hijas, sabían endulzarle la existencia con cuidados prolijos. Era una noche obscura y borrascosa, los truenos hacían oír su grito horrísono y centenares de relámpagos incendiaban el espacio.

Cartago dormía, mientras su hermoso río, acrecentado por las lluvias, y con furor salvaje, luchaba por violar las purezas de la playa que oponía un dique de arenas a los ímpetus de su enemigo. Era una noche sin semejante, de aquellas que dejan en el alma un no sé qué de extraño y misterioso; en la vetusta torre del templo desgranaba el reloj sus notas melancólicas, y el búho lanzaba a los aires su grito monótono y tristón.

Para tí, para tí, mujer divina
que mi oscuro vivir plácida alientas,
estas flores recojo conmovido
del jardín ideal de mis tristezas.
El destino, cobarde y traicionero,
estrujando mi débil existencia,
de mis dulces y bellas ilusiones
miserables escombros sólo deja.
Mi naufragio total está cercano,
en mares insondables, sin riberas.
La nave que portaba mis ensueños
ha perdido la brújula y las velas.
Del azar al capricho voy cruzando
este mar borrascoso de mis penas
y las sombras tenaces me circuyen,
mientras ruge terrible la tormenta.
Todos los horizontes se cerraron
en torno de mi vida que antes era
de místicos ensueños un enjambre.
y un nidal prodigioso de quimeras.
Y voy por los senderos de la vida
en una soledad que desconcierta:
nadie me tiende brazos compasivos,
nadie escucha doliente mis querellas.

Pero en tanto sufrir tengo un consuelo
mitigando el rigor de mis tristezas,
porque pienso, mujer, que tú me quieres
y que sabes dolerte de mi pena.

Si del hombre los múltiples desvelos
se pierden en las sombras del olvido,
si su ciencia incipiente no ha podido
mitigar sus eternos desconsuelos;
si enmudecen los astros de los cielos
del humano dolor ante el gemido,
si nada ante lo arcano han conseguido
sus congojas y súplicas y duelos;
si del serio pensar tan sólo emana
la locura que lleva al cautiverio
o la incredulidad torpe y pagana,
¿cómo ilustras, mi Dios, nuestro criterio,
si la curiosidad nos lleva insana
en busca de consignas de misterio?

Nu es pualabame, pero soy honrao,
no tengo cosas que me pinten mal.
Tuel mundo sabe que tengo mi rancho,
que anaides molesto, que sé trabajar.
Allá en mi finquita, orillas del río,
a juerza de briegas, ya tengo un pasar;
pero me hace jalta tener quén me quera,
tener quén mestime con sinceridá.
Un hombre solito se aburre, se jarta
yal alma selentra un jeo malestar.
Es pueso que quero prontico casame,
pa ver si me libro desta soledá.
Pero, no podío dar con la muchacha
que sepa mostrase como deben ser:
harto querendonas, bien educaítas
con jiesta en los ojos y en la jeta miel.
Toitas las noches me sueño casao
con una negrita más güena quel bien,
pero ya en dispierto mincuentro más solo,
sin a quén mostrale mi santo querer.
Lucila, la zamba más linda que· visto
por tuestos contornos de la vecindá,
casita me coge, casito me enrriea,
casita miarrima juntico al altar.

Yoslaba risuelto, risuelto a entregame,
risuelto a rendime de modo jormal,
yapronté mi rancho y busqué padrinos
y le dije al Cura que miba casar.
De golpe la chica se torció conmigo,
porquihubo un jilipo, como tantos hay,
que supo dicile la mar de mentiras,
pa luego engañala y hacela llorar.
La negra de Claudio, la linda Duvijes,
mestá coquetiando, digo la verdá,
pero es mariposa quen toas las flores
rnielecitas busca, con dañino aján.
Yuna muchachita que asina sentriega,
quizque pa sus ratos alegre pasar,
no sirve pa esposa, lo dicen los viejos
y siellos lo dicen, su razón tendrán.
Mincuentro afligía, pensando que nunca,
que nunca en el mundo yo podré incontrar
una mujercita llena de virtudes
y que tenga gracia, pimientica y sal.

Las flores son un tesoro,
un regalito del cielo,
para alegrar a los campos
en verano yen invierno.
El perjume de las flores
es esencia de Dios mesmo
y se güelve puro grano
a lo que la flor ha muerto.
Toas las flores me gustan
y cuantas veces yo puedo
miarrimo a las florecitas
pa güelelas bien contento.
Nunca deshojo las flores,
las remiro y las contemplo,
sin mancharlas con mi mano,
manque de golpe las beso.
Tanto me gustan las flores,
que en mi rancho recomiendo,
me pongan flores bonitas
juntico onde yo me asiento.
Ayer me pusieron unas
tan relindas, que al momento,
supuse que güelerian
la mar de rico y de güeno.

Me las llegué dejilito
y levanté el florero,
pa pegale las narices
como si juera a comémelo.
Pero tuve gran desgusto,
un desgusto remacuenco,
porque esas flores malditas
son pa velas dende lejo.
Eran de trapo esas flores,
de trapo las habían hecho,
muy bonitas de por juera,
pero sin gracia puadentro.
Las flores que son deveras,
las que nacen en el suelo,
las que sueltan su perjume
pa que se trepe a los cielos.
Son fresquitas, delicadas,
como las niñas del pueblo
que saben con sus virtudes
rnetérsenos dentrel pecho.
Habiendo en la tierra flores,
como las que hay en mi pueblo,
tan relindas en colores
y con perjume tan güeno.
Hasta pecao me parece
hacer lo que con yo hicieron,
al regalame esas flores
hechas de trapos y jierro.

A la sánta memoria de mi esposa María Rojas de Franky.

Yo tengo una pena tan honda, tan honda,
que en cruz y martirios tiene mi vivir,
una pena enorme que exige imperiosa
que ofrende en sus aras tributo sin fin.
Yo tengo una pena que nubla mis ojos,
y amarga mis horas con fiero tesón;
asesina pena que mata mi ensueño,
pena que me hunde en mares de dolor.
Y o tengo una pena que muerde rabiosa
las sensibles fibras de mi corazón.
Yo tengo una pena que siempre me brinda
un cáliz repleto de ingrato licor.
Yo tengo una pena brutal y porfiada,
que acerca a mis labios,. en copa de hiel,
un letal veneno de sabor tan agrio,
que nadie ha probado cual yo lo probé.
Yo soy un romero que va por el mundo
sembrando simientes de paz y de amor,
y hado perverso destruye mis siembras
¡¡ planta en mis predios la desolación.
Ayer fue la muerte, la muerte impiadosa,
la que hundió en la tumba toda mi ilusión,
al llevarse aleve la mujer bendita
que al dárseme toda, su fé me rindió.

¡Oh muerte terrible! La flor que arrancaste
del rosal doliente que es mi corazón,
disfruta en los cielos de gloria esplendente,
mientras yo agonizo, presa del dolor.
Por eso, llorando me paso las horas,
buscando consuelo tan sólo en mi Dios.
Por eso esta pena que llevo en el alma
me arrastra por sendas de desolación.

¡Caramba! Qué enorme tristeza
toítas las horas me amarga
y siembra dolor en mi pecho
ande antes la dicha cantaba.
Solito mincuento en el mundo
manque pilas de gentes me hablan
pos naides mis penas compriende
y naides enjuga mis lágrimas.
Maruja, lesposa quel cielo
me dió como prenda de calma,
ya duerme con toos los muertos
el sueño que nunca se acaba.
No pudo curarla la cencia
que a gritos pregona su fama,
la cencia que too lo inora,
la cencia que a taos engaña.
Maruja, mi linda Maruja
murió como muere una llama
dejando en tienieblas escuras
mi jé, mi pasión, mi esperanza.
Jué siempre la madre más güena
lesposa modelo y sin tacha,
la dulce, la jiel compañera,
con suaves cariños de hermana.

Pasó por el mundo soñando,
jamás se la vido enojada,
vivió como viven las madres:
sin odios, sin celos, sin manchas,
Ya muerta Maruja no pueo
pensar en consuelos ni en naa .
toito me sobra en el mundo ,
toito me aburre y me Jarta .
Es pueso quepella yo escribo
con tinta de sangre esta página
doliente yamarga y sentía
como el sabor de mis lagrimas.
A Dios ques tan güeno y tan justo
agora levanto plegarias,
pidiéndole dé a mi Maruja
de santos y justos la palma.
Pos jué tan humilde y tan güena
pos jué sufrida y tan casta
que trono merece en la gloria.
pero entre las santas mas santas.