Apolillado y polvoriento yacía el viejo pergamino, en anticuado
anaquel, sin merecer el honor de ser leído, porque
su ruinoso aspecto no era halagüeña recomendación. El
azar hizo que, en hora no soñada, ese antiguo documento
viniese a mis manos y, la curiosidad me impulsó a deletrear
sus desteñidas páginas, donde leí la sabia relación
que, aunque no completa, en seguida copio:
“Por pedregoso y áspero sendero trajinaba un anciano de
melancólico mirar y amargo sonreír. El anciano iba a pie
y, a muy poca distancia, lo seguía, caballero en un asno,
un muchacho robusto y ágil, de mirar atrevido y audaces
movimientos.
Dialogaban animadamente los viajeros, cuando, a la orilla
de bullicioso riachuelo, unos campesinos que allí descansaban
de sus rudas faenas, viendo al anciano y a su hijo,
se burlaron de ellos con ruidosa carcajada, a la vez que
decían:
-Viejo bruto. Ya no puedes con la enorme joroba de la espalda
y ¿aún no tienes experiencia? Mira, ese mozo que
monta en el burro, es muy fuerte y, bien puede soportar
calor mientras camina. Bájalo y móntate. Si así no lo haces,
no transmontarás la serranía. Anda, estúpido, monta.
El anciano aceptó el consejo. Montó en el asno y, ordenó
al joven que lo siguiera a pie.
El ambiente era un horno. Ni un árbol ofrecía sombra bienhechora,
a la vera del sendero. Unos arrieros que dejaban
pastar su recua, mientras tendían sus toldas, al ver pasar
Lastima de Vestido
Estuve enfermo durante varios días de la semana próxima
pasada y, una de esas tardes vino a visitarme un buen
amigo, quien para distraerme del aburrimiento en que me
hallaba, me contó, con pelos y señales, lo siguiente:
-Yo nací en el tiempo en que aún había ñores y ñaes, es
decir, por allá a mediados del siglo pasado, cuando nadie
conocía ferrocarriles, ni automóviles, ni vapores ni cosa
por el estilo, porque aun respirábamos un ambiente dejado
por los dominadores españoles y la gran mayoría de
nuestro pueblo estaba sumida en la más completa de las
ignorancias.
Decir que era feo en esa época no es hacer ninguna revelación,
porque basta verme. A pesar de mi fealdad, me
creía un Adonis, era un tanto repelente y algo más engreído,
entre otras cosas porque a mi papá, sin saber por qué
las gentes le decían General y porque mi madre se daba
el lujo de sostener, por su cuenta y riesgo, una escuela,
donde a su modo y manera enseñaba la doctrina cristiana,
a leer y a escribir, un algo de aritmética, mucho dibujo,
costura y bordados.
Cuando yo comencé a darme cuenta de mi existencia, ya
era alumna de mi madre una mujer bien entrada en años,
a quien todos los estudiantes llamaban despectivamente
ña Ciriaca, porque efectivamente el nombre de la tal negra
era el de Ciriaca García. Esta mujer era, a la vez, sirvienta
y estudiante en mi casa y, rodando los años, se retiró del
servicio y, como el loro del cuento, también puso escuela.
La Tonga
– Sí, mi don Ramoncito, la verdá, purita y desnuda es esa.
Yo no me he sacao ese entierro diallá de mi finca, mesmamente
onde son los asientos del finao Luaiza, tan sólo
porque no he lograo conseguime un indio muchachón y
fresco, que ha de ser indio puro, que no haiga pasao de
los veintiún años y que no sea casao, ni haiga tenío hijos.
“Conseguilo así es trabajoso; pero ya casito que me salgo
de apuros, porque en estos días recebí una letra diun
güen amigo que tengo puallá, pa los laos del Tolima, pidiéndome
plata, pa mandame un zambo que, me cuenta
questá pintiparao, pa lo que yo lo necesito. Hoy mesmo
despaché, puel correo, la plata pedida y creo quen la
semana dentrante yastará aquí mi indio, pa yo salir de
probe; porque lo ques ese guardao me lo saco de toítas
cuentas.
“La gran vaina es quel indicito me va llegar en malhora;
porque tamos en creciente yabrá quesperar a la menguante,
porque la luna es una grandísima condenaa, que
se tira toítas esas prebas. ¿Vusté no sabía eso, mi don
Ramoncito?
– Nada, mi don Chepe. Yo nada entiendo de esos asuntos
de brujerías, – contesté a mi amable y simpático visitante
-. Sí, mi amigo, en esos asuntos de hechicería soy absolutamente
lego, es decir, ignorante; por eso tengo que
pedir explicaciones.
Su Pite e Suelo
El trabajo quita penas
Da esperanzas, trai consuelo
Y pueso, briega como briega
A mi trabajo mientrego.
La tierra me guele a gloria
El suor me sabe a güeno
Y si jatiga me agarra
Me descanso con un sueño.
Yo con la pala en la mano
Más que dichoso me siento
Se me olvidan las miserias
Y del dolor nian miacuerdo.
Muchas veces me provoca
Dale a la tierra mil besos
Papagale como honrao
Toito lo que debo.
Esta tierrita ques mia
Sabe dame lo que pienso
Porquella cambia por frutas
Toito lo que siembro.
La tierra paga el trabajo
Como naides sabe hacelo,
Pos le sembramos granitos
Y por cargas recogemos.
Sembrador
Extiende luminosa la tarde sus pendones,
ocaso está de fiesta, derrocha luz el sol,
de vaporosas nubes fugaces escuadrones
enredan en los cielos los diáfanos crespones
del último arrebol.
Espléndida es la tarde de galas revestida,
magnífico el paisaje de pompa vesperal,
cantando están las aves las trovas de la vida
y va la fuente pura rimando conmovida
Su canto sin rival.
Al pié de una colina, sobre la fresca grama,
cabe el frondoso palio de cedro secular,
Jesús, el Nazareno, el de la voz que inflama,
la miel de sus doctrinas magnífico derrama
con sabio razonar.
Escuchan los discípulos la prédica divina
y sienten en sus pechos arder la devoción,
en tanto que se acerca la gente campesina
y ante el profeta joven que su atención domina
doblega el corazón.
Jamás de labio alguno brotaron enseñanzas
tan llenas de ternura, de caridad y amor;
en el Sermón del Monte las Bienaventuranzas
trocaron los martirios en vivas esperanzas
de porvenir mejor.
La Máquina
Yo no hago versos, hermano,
dejo correr las palabras,
sin quererlo, sin pensarlo,
como me lo dicta el alma.
Si lo que digo son versos
la cosa se pone rara,
porque buscando no puedo
encontrar dos consonancias.
Yo jamás he pretendido
buscar del ritmo la gracia.
Nunca me gasto artificio,
ni me someto a gramáticas.
Si por acaso las frases
suelen quedarme rimadas,
la culpa toda le cabe
a esta maldita máquina.
Sí, señor, la culpa toda
tiene que ser de la máquina,
esta máquina burlona
que aprovecha mi ignorancia.
Es seguro que esta vieja
máquina desbaratada
aprendió de algún poeta
a rimar en forma rara.
Me la vendieron, seguro,
por tener tan torpe tacha
y me pone en mil aprietos
ensartando consonancias.
Mis versos, mi buen hermano,
son trabajo de la máquina,
este mueble ya enviciado
a rimar sin son ni gracia.
Dios
Querer vivir sin Dios es un absurdo,
es de las ignorancias la más crasa,
porque es imaginar que la materia
al pensamiento puede prestar alas.
De Dios el gran poder fulge en los astros
que los cielos alumbran y engalanan,
en las nubes que pueblan los espacios
y en los cambiantes tintes de las albas.
Musitando de Dios el santo nombre
el vendaval furente se desata,
la fuente se desliza rumorosa,
atruena con furor la catarata.
En el lienzo infinito de los cielos
fulge del Dios Eterno la mirada,
cuando el rayo sacude los espacios,
hondo pavor sembrando en nuestras almas.
Encontramos a Dios en todas partes,
en la luz, en las sombras, en las auras
en la policromía de las flores
y en el verdor risueño de las plantas.
Es Dios del infinito el amo y dueño
y, de la inmensidad las lindes marca.
Dios no tiene pasado ni futuro
porque la eternidad es su morada.
El Maestro
En las bellas tardes del verano ardiente,
cuando el sol apaga sus rayos de juego,
por la callejuela que va al camposanto
he visto que pasa mi viejo maestro.
Lo agobian los años que en lucha fructífera
a formar conciencias dedicó impertérrito;
sus blancos cabellos son haz de experiencia,
su arrugada frente es nidal de ensueños.
Su trémulo paso fatigas denuncia;
su voz es apenas un vago remedo
de la voz robusta, sugestiva y grave
que gastó enseñando del deber lo excelso.
En frases dolientes musita sus quejas,
sus quejas sentidas, sin hiel ni veneno.
Las .gentes lo miran, lo tratan de loco
y en vez de cariños le ofrendan desprecios.
Jamás del maestro las iras se muestran;
nos da la enseñanza del último ejemplo.
Si acaso lo hieren, soporta el ultraje
con honda tristeza y amargo silencio.
Así envejecido, así doblegado,
de piedad henchido, de virtudes lleno,
sigue predicando las santas doctrinas
del manso y del dulce Jesús Nazareno.
Así va el maestro que ofrendó su vida
a las juventudes, con amor sincero.
Su vejez decoran las canas dolientes
que nimban su trente de paz y misterio.
Conciencia
Si la suerte contraria por su cuenta
hace de tu vivir algo funesto,
a luchar con valor muéstrate presto,
desafiando el furor de la tormenta.
Solo hacia la verdad tu afán orienta,
en lidia por lo justo y por lo honesto,
porque quien a luchar vive dispuesto
su propio bienestar labra y fomenta.
Hazte digno de toda independencia,
conquistando oportuna nombradía,
al amparo severo de la ciencia.
Adquiere por tu obrar la jerarquía
que los puros y rectos de conciencia
se ganan trabajando noche y día.
Bolívar
Un sabio providente cruzó la mar bravía,
arrebató al arcano la tierra americana
y todos sus tesoros del mundo maravilla
depositó a las plantas de la gloriosa España.
Las gentes españolas que tienen de Quijote
la locura sublime, la fe y la constancia,
trajeron a estas tierras sus lares triunfadores
y en breve dominaron del Indio la pujanza.
La Patria de Cervantes nos dió armoniosa lengua
y modeló a su imagen de nuestro pueblo el alma;
nos dió su valentía, sus usos y sus ciencias,
con todas las virtudes de las latinas razas.
Por eso, cuando un día el yugo fue oprobioso
y libertad ya quiso la grey americana,
de rebelión el grito lanzaron orgullosos
los nietos más ilustres de la nobleza hispana.
El Precursor Nariño, varón de estirpe egregia,
Los Derechos del Hombre con gran valor proclama,
y entonan de los libres la santa Marsellesa
mil sabios como Torres, como Acevedo y Caldas.
Los hombres más ilustres, los ricos, los letrados,
por ser libres la vida gozosos ofrendaban.
De fieros luchadores pobláronse los campos,
al mágico conjuro de la naciente Patria.