Lastima de Vestido

-Vengan pronto a ver este mamarracho.
La secretaría se llenó en el acto de mozos que me zarandeaban
a su antojo y, si en ese momento no hubiera
entrado el señor Rector, quien con muy ruda reprimenda
los contuvo, quién sabe cómo habría terminado el zafarrancho.
Cuando los muchachos despejaron la secretaría, me dijo
el señor Rector:
-Hizo muy mal en disfrazarse así: esos vestidos no se
usan entre nosotros. Váyase para su casa. Hoy no asista
a misa. Yo hago que no le pongan la falta. Salga pronto.
Ante orden tal, entre el Rector y el Secretario que me escoltaban
para evitar que los estudiantes acabaran conmigo,
dejé el Colegio y tomé, al trotecito, el camino de mi
casa.
Fortunosamente, las calles estaban desiertas, por lo temprano
de la hora y, nadie me incomodó, hasta que, ya
cerca de mi casa, salió ña Ciriaca García, la exalumna de
mi madre, me detuvo, me hizo girar a su alrededor más de
cinco veces y me dijo:
-Vea, ¿sumercé no es el hijo del señor General? ¡ Caramba
! ¡Qué trapos tan bonitos! Pero, a vusté le quedan mal,
le chillan, le chillan, porque vusté es muy feo y esos trapos
son pa gente blanca y muy rica, pa sus majestades
que son poderosas. ¡Ay! ¡Lástima de vestido!
Yo, que me había mostrado fiero y orgulloso ante todos
los ingratos incidentes registrados en ese para mí memorable
día, no pude resistir serenamente los agraviosos
epítetos de ña Ciriaca García. Me sentí gravemente ofendido,
los ojos se me hicieron fuentes y rompí a llorar desesperadamente.
Me desprendí con violencia de la vieja insultadora y atrevida
y comencé a correr, con dirección a mi casa. Entré y,
antes de que mis padres se dieran cuenta de mis hondas
amarguras, me deshice de los tales ornamentos, me vestí
a la usanza de los simples cristianos, me lavé la cara y me
presenté a mis padres, para referirles mi insuceso.
Algo más que mortificación sintieron mis viejos, pero
aceptaron mi propuesta de guardar, como reliquia, ese
trofeo de su victoria en el concurso.
Todavía conservo retazos del flamante vestido y, cuando
removiendo cosas viejas, tropiezo con esos desperdicios,
rememoro la estrafalaria estampa de ña Ciriaca García,
medito en sus palabras y me digo: “Tenía razón la vieja:
¡lástima de vestido!”