-Ya lo dije yo también -contestó mi papá-. Se lo pone,
porque yo mando, y vamos a ver quién es el atrevido que
se mete con él.
Yo, que sí tenía ganas de lucir ese espléndido ropaje, intervine,
concilié los ánimos y al fin quedó convenido que
al domingo siguiente me echaría a la calle con ese primoroso
traje principesco.
Mi madre no quedó muy contenta con lo acordado y, para
mejor obrar, llamó a mi padrino Domingo, el mejor sastre
de la región quien maravillado quedó del primor del vestido
y contribuyó con su autorizada opinión a que yo me
exhibiera con ese costoso y nunca usado traje.
Esta consulta con mi padrino Domingo ocurrió precisamente
el sábado en la tarde y; al día siguiente, con las
primeras luces del alba, ya estaba mi padrino en mi casa,
ayudándome a vestir, para que las prendas quedaran bien
ceñidas y ajustadas como es de rigor, a efecto de que
luciera todo el arte gastado en su confección. ·
Feliz, dichoso, pisando como si marchara sobre flores,
dejé la casa y marché al colegio. Aún no habían llegado
los estudiantes, pero ya el portero estaba en su puesto.
Me vio y me dijo:
-Vea, miamo, vaya quítese eso, porque ahora llegan los
estudiantes y. . . yo no respondo.
No le hice caso. Imaginé que la envidia se estaba comiendo
a ese pobre empleadillo, sin reparar en nada, entré
muy orondo y tomé asiento en plena secretaría del Colegio.
Los muchachos fueron llegando. El primero que me vio
comenzó a interrogarme:
-¿Qué, van a hacer reyes? Hoy no es seis de enero.
¿Quién te puso eso? Te tiraron al vestirte así de matachín.
Como yo contestara un tanto enojado, mi compañerito
dio un atronador grito, diciendo: