Mi padre no era un hombre docto, pero amaba con pasión
la lectura y a ella se entregaba casi febrilmente. Como
en aquellos benditos tiempos no existían periódicos en
el país, mi padre, para poder leer tanto como él deseaba,
pagaba suscripciones a periódicos y revistas de España,
que le llegaban con tres o cuatro meses de retardo, pero
que para el señor General siempre traían cosas nuevas e
importantes.
Un día, entre los muchos periódicos que de España recibía
mi padre, el señor General, La Hormiga de Oro, El
Fígaro, España Actual, El Católico, etc., etc., llegó uno
anunciando un concurso y explicando cómo debía procederse
para hacer parte en ese torneo; mi padre y mi madre
tomaron el asunto a pechos, trabajaron, se ingeniaron
y, sin muchas preocupaciones enviaron su respuesta a
España, para probar suerte, decían ellos.
Cinco o seis meses más tarde llegué un día a la oficina de
correos a reclamar la correspondencia de mi padre y el
señor Administrador me entregó una carta requetesellada
que en su sobre decía: al señor General N. F., en Cartago,
Departamento del Cauca., República de Colombia, Sur
América.
-Contestaron de España -dije jubiloso a mi padre, quien
recibió la carta, rompió el sobre y comenzó a leer en voz
baja. De repente gritó:
-Nos lucimos. Ganamos el premio del concurso. Un regio
Vestido está a mis órdenes en Madrid.
-Gracias a Dios, -contestó mi madre-. ¿No te parece que
debemos reclamar ese vestido para el niño?
-Sí. Eso es. Me piden que mande las medidas y, ahora
mismo voy donde mi compadre Domingo, el mejor sastre
que hay en estas cercanías, para que se las tome al muchacho
y, diciendo, me tomó por el brazo y marchamos
a casa del sastre. Las medidas fueron tomadas con absoluta
precisión y, horas después, una voluminosa carta