marchó por los lentos correos de esos benditos tiempos
para la Metrópoli.
Todos los días iba yo al correo, en busca de la ansiada
remesa, pero nada, no contestaban. Seis o siete meses
después, llegó una voluminosa caja para el señor General
don N. F. Y el correista me la entregó.
Con profunda emoción retiré del correo la encomienda y
marché muy de prisa, gozoso y satisfecho, para mi casa.
Cuando dí el grito de aviso, ya casi tenía abierta la caja.
Era el vestido. Pero, qué vestido, una verdadera joya,
una alhaja hecha para un príncipe de la realeza española:
pantalones largos, de paño gris San Fernando, con franja
de terciopelo; chaqueta del mismo paño, con alamares
dorados y botones relucientes de preciado metal; camiseta
de pura seda, con bordados en la pechera y en los
puños; botas de charol; espolines de plata y espadín con
tahalí en cuyo correaje brillaban hebillas sobredoradas de
muy artística confección.
Cuando mi madrecita vio el tal -vestido dijo:
-Lindo, relindo, pero este vestido no se lo pone mi muchacho,
porque esa es una cosa de mucho lujo y de
mucho tono, como para Duque o para Marqueses o a lo
sumo como para santos que se vayan a estar quietecitos
en sus altares. Si mi muchacho se pusiera eso, todos los
vagabundos y bribones de esta tierra se le irían encima y
me lo volverían loco.
-Nada -contestó enérgico mi papá-. Se lo pone. Para
eso lo hemos pedido. Para eso trabajamos con afán en
la obra del concurso. El muchacho es feo, pero por su
inteligencia puede superar a muchos Duques y Condes.
¿Me entiendes?
-Sí -contestó mi madre-. Es verdad, pero a estas gentes
de mi tierra nadie les va a hacer tragar eso. Ven al muchacho,
lo siguen, lo gritan, lo humillan y hasta le pegan. Por
eso no se pondrá el tal vestido. Ya lo dije.