A la jija, patrón. ¿No ve questoy acostumbrao es a mi
pura chichita?
-Güeno hombre; -refunfuñó el patrón~.
Andate pualla dentro y si te sentís maluco, acostáte. Yo
te llamo, diaquí un rato, a que ya te sintás mejor, paque te
metás otrico.
El indio salió cabizbajo y alicaído y, con maligna sonrisa
nos apuntó el dueño de casa,
casi al oído:
– Yastá el asunto. Se la tragó toita. Este indio miha salido
maunífico-. Apuremos a terminar esto, pa poder ponele
mucho cuidao. Yo ya tengo listo el lazo y la soga de enlazar,
pa amarralo, aloque enprencipie con los ataques. Lo
ques vustedes no tienen más que ayudame, a tiempo. El
asunto nues sinó diun rato; porque yo toy solito, pos, pa
no tener estorbos, despaché toíta la pionada.
-Cómo -dijo mi hermano-, ¿hay que amarrar al jovencito
ese?
-Sí, mi don Pachito, hay que amarralo, paque no se nos
vaya meter por malas partes: pero ese trabajito no durará
mucho. Puay a las tres de la mañana, creo que ya podamos
acostanos a dormir, porque ya sabemos ondestán
toítos los entierros.
Cuando salimos del comedor, encontramos al indio tendido
en un banco, en el corredor de la casa. Apenas lo vio
don Chepe bien dormido, trajo un lazo y se lo ató del cuello,
le dio varias vueltas por el pecho y le hizo un segundo
nudo en la espalda. Luego, añadió al lazo la soga de
enlazar que tenía lista. En seguida, nos dijo en voz baja:
-Esto va a maravilla. A lo que dispierte, yastará viéndolo
toíto y, puay mesmo nos va mostrar ande es questán los
guardaos. ¿No les dije questa tonga que yo tenía sí era de
la güena? Pos, fíjense cómo ha quedao el indio.