-Fíjense bien, no vaya ser que a yo se me olvide algo.
¿No les dicía yo? Ya ven, son cien cargas di oro. Eso sí es
hablar, pos, nos vamos a sacar la pata del barro en estico.
Como si estas entusiastas palabras de don Chepe le hubieran
prestado alientos, el indio habló más recio y, comenzó
a pasearse, diciendo: “Lo ques yo sí no me pierdo
desta. Agora mesmo me saco toíto ese oro, manque miamanezca
cargando”.
Al acabar de decir lo anterior, emprendió el indio precipitada
carrera, sin mirarnos siquiera. Lo siguió de cerca don
Chepe, quien no había soltado la soga con que lo tenía
aprisionado. Naturalmente, a esas horas de la noche, no
podíamos nosotros dejar solo a don Chepe, máxime, sI
se tiene en cuenta que, doña Joaquina asomó la cabeza
por una rendija de la puerta y nos gritó:
-Por caridad, no vayan a dejar a ese pobre hombre solo.
Ese indio ya se les está muriendo; pero como está loco, a
la hora menos pensada, basta puede matar a Chepe. ¡Ay
Dios mío!
Quien metería a este estúpido en semejantes líos!
Mal de nuestro grado, temerosos Y harto contrariados
hubimos de seguir tras del sonámbulo que corría y corría,
cual si le hubiera nacido alas.
Para colmo de desventura, en ese instante comenzó a
caer un recio aguacero, que, antes de que llegáramos siquiera
a pensarlo, ya nos tenía entrapados y tiritando de
frío, en medio de la finca que, no estaba del todo limpia.
De vez en vez, como para observar, detenía el indio su
precipitada carrera, miraba en contorno, como orientándose,
se tiraba al suelo y daba dos o tres vueltas, revolcándose
en el lodo. Por minutos reía estrepitosamente y
cantaba; pero luego lloraba y se lamentaba; es decir, el
loco más rematado le quedaba tachuela al tal indio.
Cogiendo la cuerda que sujetaba al indio infeliz, al lado
de don Chepe que nos sonreía satisfecho atravesamos