La Tonga

-¿Quién habrá metido a Chepe en estos líos? Ese indio
se les va a morir. ¿No ven la cara que tiene ya ese pobre
hombre?
-¡Cállate!, -dijo don Chepe, con indignación-. ¡Cállate! No
sigás hablando, porque de golpe me lo despertás.
-No, Chepe, -contestó la contristada Joaquina-. Por Dios,
ten mucho cuidado con ese pobre hombre. Fíjate bien, no
vamos a tener un mal rato Yo he oído decir que, a muchas
personas las ha dejado locas, la tal Tonga y que, muchas
hasta se mueren. ¡Por Dios, Chepe, no te descuides!
Al fin, se irguió desafiante el indio. Dio tres o cuatro pasos,
tosió con violencia y, comenzó a gritar: ¡Auxilio, lo
mataron!
Cuando esto ocurrió, doña Joaquina salió corriendo y, se
encerró en su aposento. Don Chepe suspendió sus tonadillas
y se acercó al entongado, para no perder ni una sola
de sus palabras.
-Pongan mucho cuidao, -nos decía-, sí, pongan mucho
cuidao, porque en estico nos dice ónde.
El indio, asiéndose la cabeza con ambas manos, con voz
temblorosa, pero clara, volvió a decir:
-¡Pobrecito! Fíjense, cómo le dan machetazos! ¡Caramba!
¡Le abrieron la cabeza! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Lo mataron!
Hubo un corto silencio. El indio quedó como una estatua:
no se movía, no hablaba; parecía que ni siquiera respiraba.
De repente, reanudó su coloquio, así: ¡Qué jondo ta
eso! Sí, ¡qué jondo ta eso! ¡Ah! Ese es purito oro. Sí, purito
oro. Por lo menos son unas cien cargas di oro. ¡ Carambas!
¡Qué montón di oro tan grandote!
Cuando don Chepe oyó esas frases, no pudo contener su
emoción y abrazó al entongado, preguntándole: ¿Onde
tan, hombre? ¿Onde tan? En seguida, volviéndose hacia
donde nosotros estábamos, dijo: