-Yo soy un hombre que siempre cumple su palabra; Vengo
a llevámelo, porque ya le tengo too listo yesta mesma
noche, voy a dar la tonga. Camine, mi don Ramoncito, vámonos
tempranito, pa que nos alcance el tiempo pa too.
Quedé atónito. ¿Qué iba a contestar yo al pobre don Chepe?
Pero mi hermano, al oír hablar de tonga, entró en
malicia y, encarándose con mi visitante, le preguntó:
-¿En dónde van a dar la tonga? Pues, yo me hago el convidado
y también iré con ustedes. ¿No le parece bien, mi
don Chepe?
-Por supuesto, don Pachito. Asina nos quea más que mejor.
Si vuste quere, vamos. A yo no me gusta llevar a mi
casa gente extraña; pero como vusté es el hermano de mi
don Ramoncito a quen yo quero tanto, es lo mesmo. La
vaina ta en que yo no truje sino una bestia:
-Eso no es obstáculo, —’Contestó mi hermano-. Yo tengo
aquí cerca mi caballo, buena bestia por cierto. Si usted,
don Chepe, tiene algún asunto qué tratar, puede irse
adelante que, nosotros llegaremos a su casa esta tarde,
de toda cuenta: Yo conozco muy bien el camino y no veo
tropiezo para ir allá.
-Pos güeno, contestó el invitante. Asina queaa bien. Allá
los espero. Váyanse tempranito, no vaya ser que los coja
un güen aguacero, porque sestá poniendo oscuro. Luego,
picó su brioso corcel y, despidiéndose con la mano,
echó a correr.
***
No eran aún las seis de la tarde cuando mi hermano y yo
desmontábamos en el patio de la casa de la hacienda,
donde nuestro buen amigo, don Chepe, nos estaba esperando
con los brazos abiertos.
Tras de breve charla, en la cual nos encargó, de manera
encarecida, que no fuéramos a hablar de tonga allí,
porque podía oír el indio y salir corriendo, nos hizo pasar