La Tonga

En efecto, daba positiva lástima el ver cómo había quedado
el indiecito que, en ese momento, escasamente
respiraba. Nosotros hasta llegamos a imaginar que el tal
veneno lo iba a matar. Su sueño era perfectamente intranquilo,
su respiración, anhelante; tenía la cara congestionada
y los ojos desorbitados. Por mi parte, sentí gran
temor y algo como repugnancia hacia el hombre que así
había convertido, en algo menos que una bestia, al otro
hombre; pero el deseo de no agravar las circunstancias,
puso freno a mí lengua y, resolví esperar los resultados.
No había más que hacer.
Como tres horas estuvo el indio en absoluta postración,
sin dar otras señales de vida que prolongados suspiros,
breves lamentos, movimientos convulsivos.
Serían cerca de las nueve de la noche, cuando el indio se
movió animoso, gruñó ásperamente, se sentó en el banco
y, sin darse cuenta de que lo estábamos observando,
comenzó a decir no sé cuántas cosas absurdas, sin orden
y sin sentido. Al parecer, no le incomodaban los lazos
con que tan bien lo habían atado, porque no manifestaba
desagrado ni intentaba soltarse. Tal cual se presentaba el
indio en esos momentos, nada tenía que envidiar al más
bruto de los irracionales.
Mi hermano y yo procurábamos apartarnos lo más posible
de ese torturado hombre, porque su aspecto era a
la vez amenazador y repugnante. Sólo don Chepe estaba
feliz, sonreído, canturreando a media voz no recuerdo
qué vieja tonadilla y, de cuando en vez nos miraba con
atención y nos decía:
-¡Caramba! Este indio del demonio como que nos está
saliendo muy dormilón. ¿A qué hora será que va a soltar
la sin hueso?
Mientras esto ocurría, la señora, doña Joaquina, nos había
preparado café y, tan temerosa o más que nosotros,
miraba con sumo desconsuelo al indiecito y anotaba: