todo un extenso potrero. En seguida, nos metió el indio
por un tupido cafetal, donde a cada paso daba vueltas al
derredor de los árboles, como bailando una complicada
danza; con lo cual nos ponía en graves aprietos, porque
la soga lo contenía y el, al sentirse contenido, se enfurecia
y gritaba airada y desesperadamente.
Respiré un algo complacido, cuando noté que él salía del
cafetal; pero todo fue para peor, porque el indigno, en
vez de buscar el campo sin malezas, entró resueltamente
en la parte montañosa, como si nada nos hubiera hecho
sufrir hasta el momento. En seguida, se encaramó a un
árbol espinoso y corpulento, -desde cuya copa nos hacia
muecas, nos tiraba trocitos de palo y nos insultaba,
diciendo que, éramos los mismos demonios que tratábamos
de llevárnoslo para los infiernos; pero que él no se
dejaba arrastrar.
Ya comenzaba a desesperar don Chepe. La noche era por
demás oscura, todavía llovía y el indio estaba a su amaño
en la copa del árbol espinoso. En todo caso, lo que más
nos interesaba era hacer que el entongado bajara del árbol,
cosa que al fin se logró; pero apenas tocó el suelo,
lanzó cuatrocientos mil insultos y emprendió vertiginosa
carrera, seguido bien de cerca por su patrón, porque nosotros
apenas si podíamos movernos entre tanta malezas
y obstáculos. En esta ocasión nos metió el indio por un
campo poblado de pringamozas, arbustos que con sus
espinas venenosas nos hacían doler hasta el alma.
Minutos después, oímos gritar a don Chepe, quien desafortunadamente,
pedía auxilios. Haciendo desesperados
esfuerzos, para superar tantas resistencias, logramos al
fin llegar hasta una profunda laguna, donde el entongado
había arrojado a su débil conductor, con el seguro ánimo
de enterrarlo para siempre. Esto, mientras le arrojaba piedras,
palos y todo lo que podía haber a mano.
Mi hermano, mozo forzudo, sujetó con violencia al endemoniado
indio, mientras yo sacaba, muy golpeado y dolorido,
a don Chepe, a quien, si nosotros no hubiéramos