En esas saltó mi hermano, diciendo:
Esperará. usted soto, don Chepe. Nosotros ya estamos
algo más que cansados, rendidos, casi muertos.
-No se caliente, mi don Pachito, -contestó don Chepe-.
Tenga pacencia, mucha pacencia, pa poder recoger las
resultas. Mañana, a lo questemos sacando el guardao,
verá vusté cómo sí se pone contento.
-Nada, -contestó mi hermano, si usted no quiere vérselas
solo, con ese loco, díganos qué es lo que tenemos que
hacer, para sacarle el veneno y lograr que se alivie, pues,
se me ocurre que, ese hombre debe tener el estómago
destrozado. Sí, si nos descuidamos, ese hombre puede
morirse y, ¿sobre quién va a caer la responsabilidad? Nosotros,
don Chepe, no queremos cargar con este muerto.
-Pos, vustedes verán, -dijo muy contrariado don Chepe-.
Si le sacamos la Tonga, perdemos del pipo el tiro, porque
a güeno que sistá este indio. Asina como va, ya casita
emprencipia. a velo toíto. Dejémolo otro rato con la Tonga.
A él no le va a pasar naa. Es que, se nos ha pasao de
güeno pa la preba y pueso nos ha salío andariego y hasta
bravo. Pero eso enantes es mejor. Dejémolo así otro ratico,
don Pachito.
Mientras tanto, el indio se revolcaba en el suelo, lanzando
lastimeros ayes y hasta intentaba romperse la cabeza
contra los postes. En fin, demostraba muy a las claras
que sufría indeciblemente.
-Lo dicho, -afirmó mi hermano-. Yo no me espero ni media
hora más. Diga, don Chepe.”, qué es lo que hay que
darle, para que se alivie ese infeliz y para evitarle la muerte,
que ya anda rondándolo.
-Pos, ya mihicieron dañar vuestedes mi trabajo. Si yo iohubiera
sabio, nian los convio.
En seguida comenzó a gritar don Chepe:
-¡Joaquina. . . Joaquina … !