Para mejor inteligenciar a mis bondadosos lectores, quiero
presentarles a este mi amigo, con quien he estado departiendo
en confianza. Es don José María de la Torre un
hombre, en toda la vasta extensión del vocablo; caritativo,
parlanchín, buen amigo, un algo más que ignorante,
creyente hasta en las brujas, complaciente con todos sus
relacionados y trabajador empedernido. En asuntos de
política él no se mete, porque dice que la tal política sólo
sirve para arruinar a las gentes y para encaramar a los
más intrigantes; pero este s concepto lo mantiene casi en
reserva, porque siempre contribuye, con sus dineros, para
festejar a varios gamonales de la ciudad vecina, cuando
le dicen que son gentes poderosas y que están pensando
salvar al pueblo de la miseria y de la ignorancia. Este don
Chepe, como siempre le decimos sus buenos amigos,
está casado con doña Joaquina Rodríguez, dama de algunos
pergaminos que ha consagrado todos sus afanes,
a querer a su marido y a cuidar de sus hijos, como toda
una buena esposa y como toda un santa madre.
Don Chepe no sale de su finca sino los días de fiesta,
porque hasta para comprar los mercados manda a los
sirvientes; pero cuando se acerca la Fiesta Patronal en el
pueblo, toda la familia de don Chepe marcha a la ciudad
y allá permanece doce días; para asistir a toda la novena
y, como él dice, echar las puertas por la ventana, al pasar
la procesión frente a su regia mansión de la ciudad.
A grandes rasgos les he presentado a don José María de
la Torre, de cuya invitación ya les di cuenta. Pero quiero
decir a ustedes que, francamente no di mucha importancia
a la tal cita; porque imaginé que a él mismo habría de
olvidárseIe, ya que, a mi entender, eso era asunto baladí
y sin ninguna trascendencia.
Pasaron varios días y, una tarde, cuando más entretenido
estaba yo, en compañía de uno de mis hermanos, que
había venido desde un pueblo vecino, se presentó don
Chepe, con un magnífico caballo y, sin saludarme siquiera,
me dijo: