El dormitorio de Mariana estaba separado del de sus hermanas
por una pared delgada, y tenia una ventana con
vidrieras, pero como estaba a obscuras podía ella ver lo
que pasaba en el cuarto de sus vecinas, sin ser vista.
Las caritativas hermanas abrieron el portón y encontraron
una mujer verdaderamente espantosa; caminaba con
suma dificultad y parecía ya agonizante.
-¿Tiene frío? -le preguntaron.
-Sí, señoritas, me estoy muriendo.
-Entre aprisa y acomódese en ese cuartito, -dijo Rita,
mostrándole uno que estaba a la izquierda de la entrada-,
vamos a llamar una criada para que cuide de usted.
-No se molesten, con lo hecho es suficiente, las sirvientas
siempre son desconsideradas, yo me basto sola, mil gracias,
Dios les ha de pagar este servicio.
-Entonces hasta mañana, el cielo la acompañe.
***
Como las bondadosas niñas habían dejado la lámpara a
la enferma, regresaron a obscuras a su dormitorio, satisfechas
de la obra de caridad que acababan de ejecutar.
-Pobrecita, -se decían-, qué gente tan sin caridad, despedirla
porque· no podía trabajar; qué horror, esas gentes no
deben tener familia, porque según lo dice mi padre, uno
debe sembrar para que los de la familia recojan, el fruto.
Parece mentira que en Cartago sucedan tales cosas; si
me lo contaran, no lo creería.
-Tengo mucho sueño,’ -dijo Elvira-, ya me caigo.
-Yo también, -respondió su hermana es muy tarde y no
hemos dormido nada, muy justo es que lo hagamos ; hasta
mañana, hermana.
-Hasta mañana.
Volvió a reinar silencio por doquiera; todos en la casa dormían,
menos Mariana que, preocupada por lo ocurrido,
escuchaba sin haber vuelto a oír los lamentos de la enferma.
-¿Cómo, -se preguntaba-, si afuera se lamentaba tanto,
ahora ni siquiera se queja? ¿Habrá muerto? ¿Qué le sucederá?
Las dos de la mañana serían cuando con gran asombro
vio, por la ventana que daba al cuarto de sus hermanas,
que, un hombre de aspecto feroz, con un puñal en la
mano, se acercaba a la cama de una de las jóvenes.