– ¿Mi Señora, quiere usted confesarse?
– Yo si, Padre, porque me voy a morir. Bendígame y perdóneme
todas mis muchas culpas y pecados. Perdóneme
Padre pero ligerito que ya no resisto mas.
– Bien, eso haré Doña Piedad en cumplimiento de la altísima
misión que me ha confiado el Dios Santo y Eterno.
Pero dígame: ¿Que es lo que le ha pasado? ¿Porqué se
ha puesto usted así, tan enferma, de un momento para
otro?
– Como le parece , padre, dijo gimoteando la señora, que
la bruja esa, la tal Doña Cándida, hoy me hizo el mas atroz
y el mas grave de los insultos.
Si señor, estaba yo en el interior de mi casa cuado ella,
por sobre la tapia, me gritó: – Ya sabés vieja deslenguada
que desde hoy no te vuelvo a hablar porque ya encontré
el remedio para silenciar las víboras. Te voy a quemar
ramo bendito para que su humo te haga reventar como si
fueras el mismo demonio y ….. que le parece, padre que
me mostró un tiesto con brasas prendidas donde estaba
echando hojas de ramo bendito. ¡Ay, Padre! ¡Que insulto!
Yo no puedo soportar esto y por esto me estoy muriendo…
El sacerdote, entre sonreído y contrariado, le dio la absolución
y salió de esa casa , con rápido andar hacia su
despacho, donde ya sentado en su viejo sillón, echó a reír
a mandíbula batiente pensando en que el ramo bendito
había hecho el milagro que no habían podido consejos ni
admoniciones.
Doña Piedad, a quien no mortificaba otra cosa que la ira
incontenible que la había dominado, pronto se recuperó
y días después pidió rendida y suplicante a su marido