El Ramo Bendito

– ¡Gracias a Dios! – gritó la dama. – ¿Qué es lo que hay
para hacer, padre? Dígame prontico para yo proceder
sin la menor demora.
– Lo mas sencillo, Señora. Vaya a su casa, tome un bracerito
y lo mantiene con brasas encendidas. Cuando la
vecina comience a insultarla, por allá, por sobre la tapia,
alce el bracero, échele unas hojas de ramo bendito y diga
en voz alta a su enemiga: Nunca mas te contestaré ni
una sola palabra porque ya el cielo me deparó el eficaz
remedio para contener la lengua.
Si, voy a quemarte ramo bendito porque esta es la mas
eficaz fórmula para contener las malas lenguas. Haga
esto, Señora y nunca mas vuelva a contestar ni una sola
palabra. Le aseguro que si obra como se lo estoy indicando
no tardará un minuto en que todo quede en completa
calma, en paz absoluta. Ya lo sabe: No se pueden decir
sino las palabras que le he indicado.
– Mil gracias, padre. Le aseguro que, esta misma, pondré
en práctica el santo remedio. Pídale al cielo que me ayude
a salir bien .
Salió Doña Cándida y el sacerdote no volvió a preocuparse
del asunto.
Pero cual no sería su sorpresa, cuando algunas horas
mas tarde oyó fuertes golpes en el portón de su casa y
vio entrar al marido de Doña Piedad, el Sr. Don. Pacífico,
quien a gritos le pedía:
– ¡Corra Padre, por favor! Si, corra a confesar a mi mujer
que está agonizando.
¡Me la mató Doña Cándida! Si Padre; doña Cándida mató
a mi mujer. ¡Corra, confiésemela!
Cogió el Padre su roquete y su estola y salió en volandas.
Cuando llegó a la casa de la enferma todo era confusión,
lamentos, desorden. Entró al cuarto de la dama y la encontró
lívida, yerta, con los ojos extraviados, y hablando,
hablando como una loca.