Varios de los amigos que allí se encontraban intervinieron,
separando los os contrincantes, quienes bien lastimados
en su amor propio y sin mirarse siquiera, salieron de la
cantina encaminándose a sus respectivos hogares.
Claro está que en las casas de los dos contrincantes se
dieron cabal cuenta del poco comedido encontrón y entre
ellos, nunca mas hubo ni siquiera una descomedida
palabra. No ocurrió lo mismo entre las dos amantísimas
esposas, Doña Piedad de Alegría y Doña Cándida de Reyes,
linajudas matronas que resolvieron tomar a pecho
los graves ultrajes inferidos a sus respectivos esposos.
Mas, como no estaba bien que damas tan encopetadas
se desafiaran a riña, como si saben hacerlo
Las burguesas, la emprendieron a insultos a través del
muro que separaba los solares de sus respectivas viviendas.
Cantaba la una un cantar picante y malicioso y contestaba
la otra con una estrofilla estudiada, con bien deliberada
intención. Así pasaban los días, pasaban los meses
y hasta un año se pasó sin que la querella se aminorara
porque ya ese encono se había hecho crónico y sobre el,
ya casi derruido muro, pasaban insultos minuto tras minuto
y hora tras hora.
Lo mas grave del caso esta en que las hijas de Don Plácido,
las bellas Alegrías, aleccionadas por su virtuosa e inteligente
madre, aprendieron a cantar cancioncillas zaherientes
con lo cual, tal vez, sin mala intención acabaron
con la ya gastada paciencia de Doña Cándida de Reyes,
dama que tenía que recurrir, cada veinticuatro horas al
despacho del médico, en demanda de calmantes bromurales
para su neurosis.