Un día por la mañana se presentó al despacho parroquial
Doña Cándida a quejarse, como de costumbre y, ya para
despedirse, dijo:
– Vea padre, esta difícil situación va a tener ya fin. Mis hijos,
a quienes mucho he rogado, van a arreglar esto. Si el
corrompido de Don Plácido no reprende y castiga a sus
insolentes hijas y a su mujer, mis hijos le pedirán detallada
cuenta a él. Si. Yo no me aguanto mas.
¡Que ocurra lo que ocurra!
– Vea, Señora – replicó mortificado el cura. – La determinación
que
usted piensa tomar es supremamente grave. Medite muy
despacio, antes de obrar. Yo no he querido tomar cartas
en los asuntos de sus familias porque valga la verdad, a
ambas las estimo; pero ya que usted me da a entender
que van a proceder con violencia, quiero pedirle un favor:
déjeme yo invoco al Espíritu Santo para ver si me inspira
el modo de solventar esa terrible situación. Voy ahora a
rezar y dentro de tres horas dare a usted mi consejo. Tenga
paciencia y calma. Espérese. Espéreme.
Oyendo esto, salió Doña Cándida sin despedirse del buen
párroco.
Yo no se si el sacerdote rezó o no. Lo que si se es que al
regresar por la tarde, la caprichosa y violenta Doña Cándida,
el cura le dijo :
– Que le parece, mi estimada Señora, que el remedio lo
teníamos a la mano y no habíamos caído en la cuenta.
Fortunosamente Dios ha escuchado mi oración y ha despejado
mi entendimiento, inspirándome la solución.