dara en sus propósitos y porque era incuestionable que
había nacido predestinado para ello.
Cuando mi buen hermano fue consagrado sacerdote dejó
el Seminario y fue enviado a ejercer su ministerio, en calidad
de Cura, a una pequeña población de pocos habitantes
donde vivían dos rancias y linajudas familias, que
por caprichos de la fortuna ocupaban lujosas casas de
habitación a lado y lado de la llamada casa cural.
Quiere lo anterior significar que el Cura, quisiera o no quisiera,
tenía que hacerse, antes que todo, a la amistad de
los integrantes de esas dos poderosas familias, porque
sin lugar a dudas, eran esas gentes las que ejercían mayor
influencia en el pueblo, por su distinguida posición
social y, antes que todo por su riqueza.
Mirando hacia la plaza principal, al lado derecho de la
casa cural, estaba la muy lujosa mansión de Don Placido
Alegrías, casado con Doña Piedad del Castillo, padres de
dos primorosas muchachas, Rosalba y Consuelo, damitas,
que sin ser ilustradas, si poseían una mediana cultura
y que, con sobrada razón se ufanaban de poseer el mas
crecido de los capitales de toda esa región.
Al otro lado de la casa cural quedaba la opulenta habitación
de Dn. Patricio Reyes, caballero un algo presumido,
rico en verdad, político a su manera y casado con doña
Cándida Bravo, dama elegante, nerviosa, de suave trato.-
Tenía dos hijos: Angelito y Cesarito, ambos sin
otra cultura que la que habían logrado recibir en la escuela
urbana de su pueblo, mozos de gallarda presencia,
honrados y trabajadores, amigos de la comodidad y la
holgura y que, cosa natural en tal ambiente, se gastaban
sus buenas dosis de presunción y se creían los mejores