Lo grave del caso está en que el pagador de todos estos
dimes y diretes era el pobre señor Cura, quien sin quererlo
oía todo cuanto sus vecinas se cantaban o recitaban
ardorosa y corajudamente.
Y como si fuera poco, a mañana y tarde recibía las visitas
de las furibundas vecinas que llegaban a su despacho a
desfogar sus iras con fingidas lágrimas .
– Vea Padre, – decía Doña Piedad – Esa vieja Cándida es
un demonio. Si padre, esa arpía no merece el perdón de
Dios. ¿Cómo es que usted la atiende? ¿No siente usted,
padre que esa vieja huele a pólvora y azufre, como dizque
huelen todos los condenados?
– Cálmese señora, decía el sufrido párroco. Pídale a Dios
paciencia. La hora de las reconciliaciones ha de llegar en
breve. Espere, Señora, con calma.
– ¿Reconciliación Padre? ¡No! Eso nunca. ¡Jamás! Yo
nunca podré perdonar las ofensas que me ha hecho esa
endemoniada mujer.
A pocos minutos de haber salido Doña Piedad entraba a
la casa cural
Doña Cándida, mas energúmena que su odiada rival
despotricando a su manera contra ella, clamando al cielo
ejemplares castigos para esa víbora que le había envenenado
la existencia.
El pobre Cura ya no tenía hora de calma, porque cuando
no eran las canciones en el interior de la casa o el recitado
de coplas picantes y mordaces eran las repetidas
larguísimas visitas de las dos irreconciliables vecinas y
rivales. ¿Qué hacer en tan grave caso? ¿Cómo solucionar
el problema?