Rememorar siempre es grato y mas si se hacen remembranzas
dentro de verdadera fe, tiempos en los que el
Cristianismo era una realidad que se palpaba en todo hogar
decente.
Por aquellos remotos y benditos años no había casa de
católico donde no hubieran tres cosas benditas: una
vela, un poco de agua y una hoja de palma que había
sido consagrada el Domingo de Ramos, en memoria de
la entrada triunfal de Nuestro Señor Jesucristo a la ciudad
de Jerusalén.
La vela y el agua bendita servían para ayudar a una buena
muerte, y el ramo bendito para alejar las tempestades
y los terremotos porque el diablo, cuando olía el humo del
ramo bendito que se quemaba en las casas, huía despavorido
a ocultarse mas allá del quinto patio de los infiernos.
En mi casa nunca faltaron estas tres sacrosantas reliquias
que la fe de mi madre llevaba al hogar y que la serena
conciencia de mi padre aceptaba sin miramientos de ninguna
índole.
Dentro de ambiente tal crecimos los once hermanos de
mi bendita familia. Después todos formamos nuevos hogares,
a excepción de uno a quien le llegó la vocación de
hacerse sacerdote y lo fue porque si hubo quien lo secun